martes, 14 de abril de 2015

Cuento

Después de hacer la charla de Victor Jolín, secretario general de Europe Direct Rural CYL, nuestras compañera Sara contó un cuento que habían hecho entre María y Sara que trataba de:

‘En un mundo mejor’

Anisa salía de casa colocándose el pañuelo en la cabeza tal y como su religión la obligaba. No sabía cómo pero siempre conseguía que el tiempo se esfumase entre sus dedos y que tuviese que acabar de prepararse de camino al lugar en el que hacía años se veía a escondidas con su mejor amiga. A escondidas, sí, ya que sus familia estaban enfrentadas. 
Ángela la esperaba bajo el saliente de tierra que se había ganado el honor de ser su escondite al encontrarse ambas allí al huir de sus padres. Ángela huía ya que se negaba a cumplir las órdenes de sus padres ya que la querían obligar a meterse a un convento. Desde que nació quisieron que ese fuese su futuro. A sus ocho años, ahora que la mujer tenía un papel mucho más importante en la religión y que podías vestir los hábitos a cualquier edad con la única condición de darte a la iglesia para siempre, querían que comenzase a prepararse para ser monja.
 Por su parte, Anisa huía porque no quería casarse con un hombre veinte años mayor que ella, tenía doce años y a pesar de que todo había evolucionado, su religión seguía con las mismas costumbres.
 -¡Hola!-pegó un brinco, no había visto a Ángela.- ¿Sabes lo que he encontrado cuando venía hacia aquí?- Anisa miró a Ángela muy extrañada e hizo un gesto con la cabeza para preguntar.- Bueno, probablemente te parezca extraño, no es algo que una ve todos los días.- se sentó a su lado y la miró muy seria.- Según venía he visto una especie de máquina muy extraña. Tenía muchos botones, bombillas y esas cosas. No sé muy bien para qué servirá, pero podríamos ir a mirar, ¿no crees?
 -¿No crees tú que ya somos un poco mayorcitas para andar cotilleando por ahí? Ya no tenemos 8 años, Ángela...
-Vamos, Anisa. No seas así, anda.- cogió la mano de su amiga y dio un leve apretón.- Por favor...últimamente no hacemos nada interesante...- Anisa resopló pero acabó aceptando. Ambas se levantaron y siguieron los pasos que Ángela había dado poco antes. Llegaron a una casa abandonada que la joven musulmana no había visto en su vida.
 -¿Dónde estamos? –preguntó cuando Ángela abría una de las ventanas que daban al interior de la casa. 
-Es una casa abandonada hace años. Mi padre solía traerme por este barrio cuando aún vivía gente, y bueno... Hoy he vuelto y encontré la máquina. –la chica entró y Anisa la siguió. Bajaron a lo que sería el sótano de la casa, y allí estaba la máquina. Ambas observaron con curiosidad, pero no fue hasta que Ángela tocó uno de los botones que la máquina se encendió. Empezó a hacer ruidos muy extraños que hizo que las chicas se juntaran de nuevo y se alejaran del desconocido aparato.
 -Deberíamos irnos, Ángela. Podemos meternos en problemas, no sabemos que se supone que es esta cosa...
-¡Mira! Pone algo en la pantalla. –efectivamente, en la pantalla había un número parpadeando, y te daba la opción de cambiarlo con el teclado que tenía debajo. A parte de eso, la máquina tenía un habitáculo que parecía hecho para una o varias personas, en cuya parte superior tenía algo parecido a dos antenas. Anisa dejó que Ángela se acercara, aunque ella se mantuvo en la distancia, donde vio cómo su amiga tocaba el teclado y escribía un año, exactamente el año en que se conocieron. Al hacerlo, una luz se encendió en el habitáculo. 
-Anisa... Esto no es una máquina cualquiera... Es una máquina del tiempo. –dijo la chica emocionada. Se dirigió hacia la luz recién iluminada, pero esta vez Anisa agarró su brazo. 
 -No, no te metas ahí. ¡No sabes lo que puede pasar! 
-Voy a entrar, así que tú veras si vienes conmigo o te quedas. –sin estar muy segura, siguió a su amiga porque sabía que no iba a convencerla, era algo que nunca había conseguido después de tantos años. Cuando estuvieron dentro, se abrazaron fuerte para evitar sentir miedo y preocupación, e instantes después y con unos extraños sonidos y luces, todo se quedó en silencio. Al salir, pensaron que no había pasado nada. Pero subieron del sótano y salieron a la calle, donde todo estaba como cuando eran unas crías. Anisa sintió que el estómago se le daba la vuelta y tuvo ganas de llorar de la emoción. En aquella época todo era más difícil para ellas, y simplemente quería que eso no se repitiera.
 -¡Sígueme! –Ángela ya había echado a correr cuando gritó, así que Anisa tuvo que reaccionar rápido. Unos momentos después, llegaron a su lugar de encuentro. Ese sitio en el que podían estar juntas sin preocuparse de nada. Donde habían compartido tantos momentos en tantos años. Y allí se vieron. Una pequeña y alegre Ángela, con su pelo suelto y su amplia sonrisa, sentada al lado de una tímida Anisa, con el pañuelo alrededor de su cabeza y observando con curiosidad a su nueva amiga.  
-¿Quiénes sois? –preguntó la pequeña Ángela en cuanto vio a su futura Yo y a Anisa. Las dos mujeres se acercaron a ellas y sonrieron emocionadas al verse. 
-Hola, Anisa. Hola, Ángela. –Sonrieron al ver a las niñas muy confundidas, intercambiando miradas.- No sabéis quien somos, pero nosotras os conocemos. 
-Así es, chicas. –continuó Anisa a su amiga. –Sólo veníamos a veros, y a deciros una cosa. 
-Vale.... Pero... No podéis decir nada a nuestros padres, por favor. No podríamos vernos nunca más, y no queremos eso...- respondió una Ángela de niña con cara de preocupación, mirando a la pequeña Anisa. 
-Oh, no, Ángela. –Anisa se agachó y puso una mano en el hombro de la niña. –Quiero que me prometas una cosa, ¿vale? –la niña asintió aún muy confusa. –Quiero que cuides de Anisa siempre, como si fuera tu hermana, sin importar los momentos difíciles que aparezcan en vuestra amistad.
 -Y tú, Anisa. –dijo Ángela mirando a la pequeña con el pañuelo alrededor de su cabeza. –Quiero que hagas ver a Ángela que hay cosas que no pueden ser como ella quiera, y que tiene que escucharte. Puede que muchas veces se ponga cabezota y no quiera escucharte, pero 
insiste. Tus palabras serán muchas veces las que la guiarán en momentos decisivos de su vida. Tenéis que mantener esta amistad para siempre, cueste lo que cueste, ¿entendéis? –las niñas asintieron y las chicas se levantaron con la intención de irse. 
-¡Esperad! –gritó la pequeña Anisa antes de que pudieran irse. -¿Por qué te pareces tanto a Ángela? –preguntó a Ángela.
 -Algún día lo sabrás, pequeña. Si cumplís lo prometido, no tardaréis mucho en descubrir quiénes somos nosotras. Cuidad la una de la otra, ¿eh? –Tras decir esto, siguieron su camino hasta desaparecer de la vista de las pequeñas 

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